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2025

Entre taikos y wakas: descubriendo Tokio

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Hasta la fecha, llevo más de tres meses en el País del Sol Naciente, aunque a mí me parecen años. No es que el tiempo se haya vuelto pesado, sino todo lo contrario: he vivido tantas experiencias en este lapso que ya no percibo esos noventa días como el tramo breve—y a la vez tan extenso—que realmente son.

Apenas llegamos, los becarios recibimos una notificación oficial: cada año se celebra una recepción de bienvenida para todos los beneficiarios del programa MEXT. ¡Genial! ¿El inconveniente? La fiesta es en Tokio. ¿Y por qué se complica? Porque, si no vivís allí, el pasaje lo pagás vos mismo (eso sí, con la misma ayuda económica que el gobierno ya te deposita).

Vivo en Osaka y, después de mudarme solo por primera vez —con la avalancha de gastos que eso implicó—, lo prudente habría sido quedarme en casa por simple responsabilidad financiera. Pero, ¿qué querés que te diga? Sabía que si faltaba me iba a arrepentir: oportunidades así se presentan una sola vez. Aunque no esperaba nada grandioso, el evento tenía su peso simbólico. Decidido, reservé una noche en un hostel y compré pasajes de ida y vuelta en los famosos micros nocturnos japoneses. El shinkansen, pese a la fama, cuesta lo mismo que volar; ese lujo quedará para la próxima.

Pisé la capital nipona el sábado 21 de junio, cerca de las cinco de la mañana. Los rascacielos que custodian la estación de Tokio me dieron la bienvenida. ¿Mi primer acto? Entrar al Lawson más cercano para desayunar. Lawson es una de las tantas cadenas de “conbinis”, esas tiendas abiertas 24/7 donde podés conseguir de todo: comida preparada, bebidas, golosinas, cigarrillos, productos de higiene, pagar facturas, enviar paquetes, imprimir hojas, fotos o stickers, y retirar o depositar efectivo en el cajero, entre otras cosas. Son negocios omnipresentes en Japón, súper prácticos y con una variedad asombrosa: más pequeños que un supermercado, pero infinitamente más completos que un kiosco.

Como la recepción no empezaba hasta el mediodía, decidí matar el tiempo rodeado de verde: me encaminé a los Jardines Orientales del Palacio Imperial de Tokio. La entrada es gratuita y los jardines combinan paisajes hermosos con rincones históricos; un lugar perfecto para un paseo.

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Tras recorrer el jardín, reanudé mi peregrinación hacia Odaiba, donde se celebraría la recepción. Antes, me detuve en la famosa cadena Matsunoya para almorzar. Sinceramente, no me pareció gran cosa. En fin, comida es comida.

Una vez en el recinto del evento en Odaiba, entré al edificio. Fue algo impresionante: becarios de todos los rincones del mundo, afiliados a universidades de todo Japón (aunque, claro, la mayoría provenía de instituciones tokiotas). Tras recorrer algunos stands de organizaciones de investigación y conocer a otros becarios hispanohablantes, nos dirigimos a la ceremonia de apertura.

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La ceremonia de apertura comenzó con el estruendo deslumbrante de los wadaikos (tambores japoneses).

El evento arrancó con talleres y seminarios impartidos por becarios de mayor antigüedad, miembros de la asociación de becarios MEXT, y culminó con una cena de networking breve pero entretenida. Hasta tuve la oportunidad de participar de un taller de noh, una forma clásica de teatro musical japonés que combina danza, canto, drama y música.

El segundo día lo reservé por completo para pasear; al fin y al cabo, estando en Tokio había ciertos sitios que, sí o sí, debía visitar.

Empecé el día tomando el tren hasta la estación de Harajuku; allí me bajé y caminé rumbo al Templo Meiji Jingu, enclavado en un bosque pleno en el corazón de la ciudad. Después de tanto mar de cemento, fue un placer perderme entre los árboles.

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Tras recorrer el sendero arbolado que conduce al santuario, pude participar en las actividades japonesas de rigor: dejar un sobre con mi deseo junto a una ofrenda y tentar la suerte con un omikuji (“rifa divina”). Sin embargo, al ser un templo relativamente nuevo, acá no te leen la fortuna. En cambio, tras ofrecer 100 yenes, extraés un palito de una caja de madera; el número que lleva indica qué cajoncito del altar abrir para tomar un papel. Ese papel no pronostica tu destino: contiene un waka (poema japonés), todos compuestos antaño por el emperador Meiji y la emperatriz Shōken.

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Satisfecho con la visita, me encaminé a la Torre Metropolitana de Tokio para capturar vistas desde lo alto. Aunque el Sky Tree sea el mirador más famoso de la ciudad, esta torre ofrece una alternativa gratuita, donde además podés tomar un café y comprar algún souvenir.

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Y, por supuesto, el icónico Cruce de Shibuya no podía quedar afuera. Allí me reuní brevemente con una colega becaria; disfrutamos la tarde paseando por el centro hasta que llegó el momento de partir y volver a mi querida Osaka.

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El cruce de Shibuya es el más transitado del mundo, con hasta 3000 personas cruzando a la vez. Y así terminó mi breve escapada a Tokio. Obviamente, me quedaron muchos lugares por recorrer, pero tiempo hay de sobra. Regresé a Osaka agotado, sí, pero con la certeza de que ese viaje valió totalmente la pena. Tokio me regaló rascacielos, poemas imperiales y un cruce que late como un corazón urbano; sobre todo, me recordó que esta beca es mucho más que estudios: es una red de voces y miradas que se entrelazan para empujar fronteras.

Nos vemos en la próxima.

Una mudanza, un congreso y una colina

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Es 31 de mayo. Nueve y media de la mañana. Acabo de despedirme del dormitorio y, como quien abandona una etapa, arrastro una valija, un morral de viaje, otro universitario y dos bolsas por las calles tranquilas de Tsukumodai. No hay manera de ocultarlo: lo que llevo pesa, y no solo en kilos. Es la suma de mis pertenencias, pero también la de mis días recientes.

Miro el reloj y acelero el paso. ¿Mi destino? Toyonaka. Más exactamente, mi campus. Hoy tengo un congreso. Y sí: hoy también me mudo. Coincidencia poco oportuna, pero inevitable.

Subo al monorraíl en Yamada. Me bajo en Shibahara-Handai-Mae. Y entonces comienza lo más arduo: la colina. Esa cuesta que ya conozco, aunque esta vez, con todo mi equipaje encima. Resoplo. Sigo. Como tantas veces, pero ahora con todo lo mío en el lomo.

¿Por qué no mudarme después del congreso? Buena pregunta. La respuesta es simple: eficiencia. Mi nuevo hogar está junto al campus. Ir y venir sin sentido era, para mí, un despropósito logístico. Tenía que ser una sola travesía. Lo fue. Llegué tarde, es cierto. Pero no caminé de más. Y eso, para mí, tiene valor.

Durante los primeros dos meses viví en el dormitorio Global Village Tsukumodai, de la Universidad de Osaka. Un edificio nuevo, construido en 2021, con tecnología de punta, personal atento y un calendario de eventos que convertía la convivencia en una experiencia intercultural plena. Probablemente, lo mejor que puede ofrecer una residencia universitaria.

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El día de la despedida.

Pero el confort se paga. Cada mes, el costo ascendía a 63.000 yenes, bastante por encima del promedio habitual, que ronda entre los 10.000 y 20.000. Al fin y al cabo, los dormitorios están pensados para compartir y ahorrar. Aun así, no me arrepiento. Fue una experiencia valiosa y, por cierto, mucho más limpia y organizada que otras alternativas más baratas. No me fui por disgusto, sino porque estaba previsto desde el principio. Francamente, nunca me ha resultado atractiva la idea de compartir ducha, cocina y baño con desconocidos. Podés pagar el doble o el triple, pero ciertas dinámicas no cambian. Si no te acomoda ese estilo de vida, no hay lujo que lo solucione.

Encontrar el departamento fue, casi milagrosamente, sencillo. Un día entré sin aviso a la cooperadora de la universidad y, minutos después, ya estaba visitando el que hoy es mi hogar. En Japón, las cooperadoras están integradas en una red común que ofrece recursos invaluables, incluida una inmobiliaria exclusiva para estudiantes. En un país donde a los extranjeros no siempre se les alquila fácilmente —por idioma, por temor a fugas, por pura desconfianza—, esa red lo es todo. Además, actúan como garantes, lo cual es clave.

En Japón, al alquilar, se debe pagar no solo el depósito, sino también un dinero clave (reikin): uno o dos meses de renta que se entregan al propietario como “agradecimiento” por honrarnos con el privilegio de alquilar su propiedad. Desde luego, esa plata no es reembolsable. Por eso, mudarse puede ser costoso. Afortunadamente, la cooperadora prescinde de ese cobro, aunque aplica sus propios honorarios.

Elegí un departamento a pasos del campus. Después de años viajando casi dos horas hasta Retiro para ir a clases, la posibilidad de llegar en cuestión de minutos me parecía un sueño. El edificio es algo antiguo, pero fue renovado, y el precio se mantiene razonable.

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Mi nuevo barrio.

Los departamentos japoneses son famosos por su compacta precisión. Mi cocina es mínima, pero suficiente. Cada rincón fue diseñado para cumplir una función concreta, sin espacio sobrante. El baño, como muchos aquí, es un módulo prefabricado que simplemente se inserta en la unidad. Por eso, a menudo todos tienen el mismo.

Una ausencia notable: persianas. Para alguien como yo, a quien la más tenue luz interrumpe el sueño, esto fue una tragedia doméstica. Compré una cortina blackout y resolví el problema. Imagino que la industria textil japonesa prospera con estas necesidades. Otro detalle: las paredes. Se escucha todo. Todo. Pero, por fortuna, los vecinos son tranquilos.

Y, desde luego, los muebles no están incluidos. La primera noche, volví del congreso y me recibió una habitación vacía. Dormí en el suelo, abrazado por la madera japonesa. Al día siguiente llegó la cama. Luego, los electrodomésticos. La primera semana fue una coreografía de viajes, bolsas y descubrimientos. Es impresionante la cantidad de objetos que uno necesita para vivir con un mínimo de comodidad.

Quisiera cerrar esta entrada con un breve agregado sobre las enormes dificultades que implica sacar la basura en Japón. Más allá de lo básico —sacar las bolsas los días indicados— hay que respetar una serie de normas estrictas. Primero, la basura incinerable y la no incinerable deben ir en bolsas diferentes. Las botellas de vidrio, las latas y las botellas de plástico también se separan, y el cartón tiene que salir bien atado con una cinta. Además, cada tipo de residuo se recoge en un día distinto del mes; aprendételos bien, porque si acumulás mucho cartón y se te pasa la fecha, vas a tener que guardarlo en casa hasta el mes siguiente. Ni hablar de los electrodomésticos: si tirás uno, tenés que pagar un monto considerable para que lo retiren. Todo un tema. Cuando vivía en Argentina, no valoraba el servicio a la sociedad que prestan nuestros amigos cartoneros.

Eso es todo, por ahora.

Sé que muchos están en pleno proceso de postulación para las becas del año que viene. Quizás pronto comparta algunas guías para quienes desean presentarse en base a las preguntas que suelen llegarme. Estas semanas estuve ocupado con la mudanza, pero ahora que me asenté, podré retomar plenamente lo que vine a hacer. Seguramente escriba más seguido.

Gracias por leer y nos vemos en la próxima.

Un pequeño país llamado Handai

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De lunes a viernes, peregrino a la universidad. Sin embargo, que diga “universidad” no ayuda mucho a imaginar en qué punto exacto me encuentro, porque la Universidad de Osaka —en adelante, simplemente Handai, abreviatura de los símbolos de su nombre— es menos un edificio que un país en miniatura.

Quizás exagero. O quizás no tanto. Las universidades de Japón tienen campuses de un tamaño que haría sonrojar a más de un barrio. Handai, por ejemplo, despliega tres campuses distintos, y cada uno parece haberse comido, de una sola vez, a un pueblo entero. Cuando comparto mi asombro ante la inmensidad de este ecosistema académico, la reacción de los japoneses no suele ser de asombro, sino de indulgencia: “Esperá a ver las universidades privadas”, me dicen. Handai es una universidad nacional —lo cual no quiere decir gratuita, sólo más barata—, y se supone que sus campus palidecen frente al lujo de las instituciones privadas. Yo, en cambio, me doy por más que satisfecho.

Es fascinante: un territorio reservado exclusivamente para estudiantes y profesores, con restaurantes, supermercados, plazas, lagos, zonas verdes, edificios colosales, y hasta un sistema de shuttle bus interno, digno de un aeropuerto internacional. A este ecosistema hay que sumarle el océano de bicicletas (y alguna que otra moto) estacionadas por todas partes, como si cada árbol pariera su propio vehículo. Yo dejo la mía en un rincón discreto, frente a un lago melancólico donde las hojas caen sin prisa.

Eso sí: tanta geografía tiene su precio. Para llegar a mi laboratorio, debo atravesar una marea de estudiantes de pregrado. Formar fila en el buffet es una odisea similar: a veces, mientras espero mi almuerzo, no puedo evitar preguntarme si no me equivoqué de cola y estoy a punto de entrar al recital de una idol.

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Estudiando en un parque del campus.

Actualmente, asisto como oyente a seis materias, siguiendo las recomendaciones de mi supervisora. Mi estatus es el de alumno de investigación, una suerte de limbo académico donde uno estudia y se prepara para el examen de ingreso a la maestría. Este estado de tránsito, propio tanto de japoneses como de extranjeros, en mi caso consiste en asistir a clases, estudiar libros, preparar el proyecto de investigación y, no menos importante, ejercitar la escritura de japonés a mano. Porque uno puede hablar japonés con la soltura de un nativo y, sin embargo, ser un analfabeto funcional a la hora de escribir. Hasta los japoneses se olvidan de cómo se escriben ciertas palabras; imaginate un extranjero.

Entre clases, autoestudio y proyectos, paso unas doce horas diarias en la universidad. No me pesa. Antes bien: lo disfruto. La pasión por el estudio —esa forma elegante de la terquedad— es lo que hace llevadero todo esto.

El lunes pasado no tenía clases, pero decidí ir igual. El buffet ofrece comida decente a precio de amigo, y además quería conocer la Biblioteca General. Se trata de un edificio de cuatro pisos, repleto de estudiantes en un silencio tan absoluto que el sonido de una página al pasar parece un escándalo. La cantidad de libros es tan abrumadora que uno siente que, en algún estante olvidado, podría encontrar un ejemplar que no existe en ningún otro lugar del mundo.

Sin embargo, lo que más me llamó la atención no fue la vastedad de su acervo, sino la cantidad de alumnos que aprovechan para dormir. Un libro abierto, una notebook encendida, una postura fingida de estudio… y acto seguido, un sueño reparador. Quizás sea el rigor académico, o quizás Netflix. Ambas hipótesis son plausibles.

Otra rareza local: la gente deja descuidadas sus pertenencias, computadoras incluidas, sin la menor preocupación. En un país donde olvidarte el paraguas en un café equivale a reencontrarlo cinco horas después en el mismo lugar, este gesto de confianza parece lógico. Pero no deja de maravillarme. A mí todavía me cuesta abandonar mi MacBook sobre una mesa como quien deja una bufanda.

El campus está dividido en áreas según disciplinas. Mi edificio, el de Estudios Japoneses, está estratégicamente escondido detrás de un edificio más grande, en donde se dictan las clases de distintos departamentos, incluyendo el mío. Según mi supervisora, cada año hay algún despistado que se pierde intentando encontrarlo. Yo, por mi parte, disfruto esa discreta clandestinidad. Lástima que sólo haya baños en planta baja, aunque, gracias a los heroicos esfuerzos de la profesora asistente del laboratorio, ahora tenemos tachos de basura en el segundo piso. No toda gloria es estruendosa.

¿Laboratorio? Sí. Pero no esperes tubos de ensayo ni estallidos químicos. Nuestro Laboratorio de Lingüística Japonesa tiene una heladera, un microondas, dos impresoras industriales, varias computadoras, y libros, libros, libros. En primavera, las flores de cerezo se cuelan por las ventanas y el laboratorio se convierte en un refugio de paz. A veces reina el silencio; otras veces, las conversaciones giran en torno a lingüística, investigaciones, o a los consejos bienintencionados de los senpai— como llaman en japonés a quien tiene más antigüedad o experiencia que uno.

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El laboratorio de Lingüística Japonesa.

Un cerezo en flor, visto desde la ventana del laboratorio. Ya no queda casi nada de esas flores —la belleza se desvanece rápido—, pero fue una de las primeras fotos que saqué cuando llegué. Tuve, además, una suerte inmensa: caí en un laboratorio lleno de personas cálidas, generosas y, sobre todo, amables en ese arte cada vez más raro que es la conversación sin prisa. Desde el primer día, mis compañeros —o debería decir mis camaradas en esta pequeña república de las letras— me hicieron sentir bienvenido. No hubo silencios incómodos ni gestos de desconfianza: sólo sonrisas, consejos espontáneos, y una curiosidad genuina por saber quién era ese extranjero que venía a investigar una lengua que, paradójicamente, ellos dominaban de cuna.

Sentarme en la mesa común del laboratorio, abrir mi notebook y dejar que la charla fluya sobre lingüística japonesa, investigaciones incipientes o problemas metodológicos, se ha vuelto una de las partes más gratas de mis días. A veces hablamos de los desafíos de nuestro trabajo; otras, compartimos anécdotas sobre los vericuetos del idioma o las diferencias culturales que voy descubriendo. Escuchar sus consejos —que siempre llegan sin pretensiones de maestro, sino con la cordialidad de quien ya caminó un poco más el mismo sendero— es un lujo que no me pasa inadvertido.

Y si de lujos se trata, el carácter de los profesores también merece ser mencionado. A pesar de ser figuras reconocidas en sus respectivos campos, sus maneras son sencillas, hospitalarias, casi familiares. Parecen suscribir a la idea de que el conocimiento no debe levantar muros sino tender puentes.

Sé bien que este no es el caso de todos los laboratorios. He oído historias de colegas becarios que lidian con entornos donde reina el silencio, la distancia o, peor aún, la indiferencia. Saberlo me lleva a valorar aún más lo que me ha tocado: un espacio humano, intelectual y afectivo en el que, aunque no todo sea perfecto —porque nada lo es—, tengo la certeza de que estudiar acá será una experiencia profundamente feliz.